La casa encantada de los monederos


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Hoy vamos a hablar de una historia misteriosa que ocurrió en la Sevilla antigua, donde una casa encantada atemorizaba a los vecinos del barrio de San Julián.

 

Cerca de la antigua parroquia de Santa Lucía, todavía se perpetúa una estrecha callejuela rotulada con el nombre de “Calle del Aceituno”.

 

Pudiera ser que se tratase de una de esas denominaciones viarias que vienen de un pasado remoto, simplemente por haber estado llena de aceitunos u olivos, pero el historiador Álvarez-Benavides en su libro “Curiosidades sevillanas” nos saca de dudas reproduciendo la historia que procedemos a contar.

 

En la primera mitad del siglo XVIII, circulaba entre los vecinos de Santa Lucía el suceso de que en la callejuela anteriormente mencionada, por aquel entonces sin nombre, existía una casa a la que llamaban “la Casa Encantada”.

 

Se hablaba de que allí moraba una princesa cristiana retenida por unos espíritus malvados que con sus artes de ultratumba intentaban que la dama abjurase de su religión.

 

Se decía que todas las noches cuando daban las doce campanadas unas enormes espirales de humo ascendían sobre los tejados de la oscura casa y que, tras esto, se escuchaba un sonido sordo y acompasado, como si hubiera dos cuerpos de metal que chocaban entre sí. Al amanecer, todo se esfumaba.

 

Tal era la alarma de los vecinos que llegaron a interpelar a las autoridades para que entraran en la Casa Encantada y resolvieran el misterio.

 

Para tal fin fueron designados varios individuos de reconocido valor de las cuadrillas de justicia de la época. Estos se apostaron una noche en dos de las calles adyacentes a la casa y aguardaron a que comenzara el baile de fantasmas.

 

Nada más escucharse la primera campanada de las doce, el humo se vio por encima de los tejados de la misteriosa vivienda, y al poco el ruido de cuerpos metálicos, unido a un turbador murmullo de voces humanas. Los esbirros salieron de sus posiciones iniciales y, ocultando la luz de sus faroles, se acercaron a la Casa Encantada.

 

Uno de ellos, el que parecía ser el superior, ayudado por una ganzúa abrió la puerta en una maniobra que sin duda había ensayado antes. El grupo de hombres entró en el interior de la casa intentando apagar el ruido de sus pisadas y con el oído puesto en el lugar de donde venían los golpes.

 

Atravesaron un oscurísimo portal desde el cual se divisaba una luz roja muy potente a través de las juntas de una puerta situada al fondo del lugar.

 

Los golpes cada vez sonaban más próximos. ¿Qué tipo de demonio podría emitir semejante luz y ruido? Los guardias se dirigieron hacia la puerta y se quedaron indecisos ante esta sin saber qué hacer.

 

El jefe levantó su espada como señal de que dieran un golpe a la puerta y todos entraron a voz en grito. Retrocedieron al instante debido al intenso calor y fuego que la estancia despedía y el espeso humo les cegó la vista.

 

¿Ante qué clase de espectro se encontraban?

 

Ante ninguno.

 

Tras recuperar la visión lo que se les apareció fue un cortejo de falsos monederos (los que hacían las monedas), acompañados de maquinaria, troqueles y cuantos aparatos eran necesarios para este indigno oficio. El horno de fundición estaba al fondo de la estancia, lanzando inmensas columnas de humo por la chimenea.

 

Los hombres ennegrecidos trabajaban mecánicamente sin percatarse de que los esbirros habían invadido el lugar. El jefe los sorprendió gritando:

 

– ¡Alto a la justicia de Felipe V!

 

Las espadas de la justicia se posaron sobre los pechos desnudos de los monederos que no pudieron hacer otra cosa que rendirse. Poco después, una extraña comitiva llevaba a los falsos monederos desde San Julián a la Cárcel Real, encabezando la comitiva el jefe de la cuadrilla de justicia.

 

Sometidos a declaración, el cabecilla de estos falsos artistas monederos manifestó llamarse Juan de Aceituno, que era natural de Écija y que llevaban poco tiempo establecidos en Sevilla.

 

Desde el episodio relatado, no volvió a verse ni a escucharse nada en la Casa Encantada, ni aparecieron más columnas de humo que los vecinos calificaban de espíritus errantes vagando pidiendo perdón por sus culpas .

 

Sólo quedó de esta historia un recuerdo: el de Juan de Aceituno, cuyo nombre pasó a ser el de la calle que permanece hasta nuestros días cerca de Santa Lucía.

 

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