El frío invierno de la cigarrera. Cuento de Navidad.


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Hace mucho, mucho tiempo, el edificio que ahora conocemos como Rectorado de la Universidad de Sevilla, en la calle San Fernando, fue la sede de la Fábrica de Tabacos.

 

En esta fábrica trabajaban cientos de mujeres liando el tabaco de forma manual. Sus finos dedos hacían mejor el cigarro que las gruesas manazas de los hombres. A ellas se las conocía como “las cigarreras”.

 

 

 

Muchas eran las que allí trabajaban, con sus moños o roetes en el pelo, sus claveles adornando los cabellos, largos trajes y, en ocasiones, mantoncillos.

 

Muchas eran también las que eran madres, muchas las que llevaban a sus bebés al trabajo para cuidarlos mientras liaban miles de cigarros.

 

Entre todas esas madres cigarreras se encontraba Inés. Era una muchacha joven, de unos veinte años, morena, muy guapa aunque ojerosa, de manos delicadas y talle esbelto. Tenía un bebé precioso de nueve meses que llevaba todos los días a la fábrica ya que, en su casa, nadie podía hacerse cargo del retoño.

 

Era invierno, se acercaba la Navidad y hacía verdadero frío en Sevilla. Nuestros abuelos hablan del frío de antes y, sin duda, ese invierno hizo un frío que habría helado a nuestros abuelos.

 

En esas grandes salas pétreas, con la humedad que aún se respira en el edificio, Inés y sus compañeras liaban a destajo el tabaco. Toses por el polvo en el ambiente, toses por el frío que hacía y toses que levantaban sospechas entre compañeras por la gravedad de las enfermedades de la época, como la tuberculosis. Una simple tos podía alertar al resto de trabajadoras de que alguna de ellas estaba enferma y podían ser contagiadas.

 

Ante ese miedo, se formaban corrillos, se cuchicheaba y se les hacía el vacío a ciertas mujeres que tosían sin freno. Era muy peligroso estar en contacto con las posibles enfermas. Y más, con los niños de muchas de ellas gateando por las habitaciones.

 

Volvamos a Inés. La joven cigarrera era muy humilde, vestía con harapos, con desechos de ropa de sus hermanas que ella aprovechaba. Su bebé era un fiel reflejo de ella: arropado con trapos y con un simple faldoncito en pleno invierno. Los dos estaban muy delgados, con mal color y, lo peor, desde hacía unas semanas, los dos tosían continuamente.

 

 

Las compañeras miraban a Inés con pena y preocupación porque siempre habían hecho muy buenas migas con ella. Hablaban de los caldos que prepararían a la noche, de las nanas que cantaban a sus niños, de los zurcidos que hacían a los calcetines de los padres, de los sueños de juventud…

 

Sin embargo, el estado de salud de nuestra cigarrera había creado cierta alarma entre las cigarreras. Durante el otoño las trabajadoras habían estado saliendo del trabajo en grupo y todas seguían el mismo camino que unía varias casas, incluida la de Inés.

 

Con la llegada del frío, la proximidad de la Navidad y el comienzo de la tos de Inés y su pequeño, la joven cigarrera había notado que sus compañeras ya no esperaban a que saliera de la fábrica para emprender el camino. Se iban antes que ella. También había notado que a menudo la miraban y hablaban de ella muy bajito, examinándola con los ojos de arriba abajo. Lo mismo hacían con su retoño y este comportamiento hacía que la joven mamá estuviera muy triste.

 

Su salud era frágil, tosía mucho, pero ella no pensaba que tuviera una enfermedad contagiosa y mucho menos su hijito, el cual reía a carcajadas cuando ella le cantaba sevillanas.

 

Pasaban los días y las trabajadoras chismorreaban mirándola y salían despavoridas sin esperarla cuando sonaba la campana que anunciaba el fin de la jornada de trabajo.

 

¡Qué triste estaba Inés!

 

El día de Nochebuena por la mañana, las cigarreras acudieron a sus puestos como siempre, pero ese día iba a ser diferente.

 

Inés se situó en un rinconcito, cabizbaja, intentado no mirar a las que habían sido sus amigas y tosiendo casi en silencio para no levantar sospechas.

 

A mitad de la mañana, una de las trabajadoras, una de las más robustas y mayores de todas, soltó delante del tabaco que estaba liando nuestra joven madre un gran paquete envuelto con papel marrón y atado con una cuerda.

 

Nuestra protagonista, asustada, alzó la mirada y preguntó:

 

– ¿Para qué me tiras esto encima, Marisa?

 

– ¡Niña, qué desprecio! ¡Abre eso ahora mismo! – gritó la fornida empleada.

 

– Es que no sé qué os pasa, Marisa, lleváis semanas sin hablarme, sin esperarme para volver a casa, cuchicheando a mis espaldas, mirando a mi bebé como si fuera un bicho raro. ¡No estoy tuberculosa! ¡No me estáis tratando bien!

 

– ¡Ay, mi niña! ¡Ya sabemos que no estás tuberculosa! ¡Abre ese paquete, por Dios!

 

Temerosa, Inés soltó la cuerda que ataba el envoltorio y abrió con recelo el paquete. Dos lagrimas corrieron por sus mejillas al ver el contenido: dos capas de lana para ella y varios jerséis y patucos para su bebé.

 

Mientras lloraba de alegría no pudo evitar preguntar a Marisa:

 

– Pero bueno, ¿y por qué me esquivabais y me mirabais con esa cara? ¿Y por qué clavabais los ojos sobre mi hijo como si me lo fuerais a robar?

 

– Vamos a ver, muchacha, ¿cómo te íbamos a robar al niño? Te mirábamos así porque te teníamos que coger las medidas a ojo y lo mismo nos ocurría con tu pequeñín. ¿Sabes lo difícil que es medirte a distancia con lo nerviosa que eres? Nos costó días calcular vuestras medidas.

 

– ¿Y por qué no me acompañabais a casa? – insistió Inés.

 

– Vaya, nos ha salido preguntona la niña. – decía Marisa mientras reía – Vamos a ver, alma de cántaro, nos íbamos antes porque nos reuníamos para tejer en la casa de Juana, que vive a tu lado, y no queríamos que nos vieras entrar.

 

Inés explotó en una carcajada y una por una fue abrazando a las trabajadoras y llenando sus rostros de besos. La joven madre estaba realmente feliz: tenía prendas calentitas para que ella y su hijo pasaran el invierno y sus compañeras no la odiaban, sino que habían estado preparándole un regalo que jamás hubiera imaginado.

 

Esa noche, ella con una gruesa capa de lana y su bebé con un gorrito, un jersey y unos mullidos patucos acudieron a casa de Juana junto a las demás, donde todo fue alegría, villancicos y zambomba.

 

Ni Inés ni su pequeño volvieron a toser ese invierno. El calor que les produjeron las prendas de las cigarreras curó sus cuerpos y sus corazones.

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