Los ayudantes de los Reyes Magos


0 Flares 0 Flares ×

 

Cada año ocurría lo mismo: cuando sus Majestades los Reyes de Oriente pasaban a repartir los juguetes a los niños sevillanos, siempre iban justos de tiempo, siempre llegaban a la última casa con los primeros rayos de sol al amanecer.

 

Esto sucedía cada noche del 5 al 6 de enero porque los niños de Sevilla se portaban muy bien y los Reyes tenían que acudir a una enorme cantidad de casas. Y, claro, no daban abasto.

 

Un año ya muy lejano, cuando Sevilla acababa de pasar su Exposición Iberoamericana y todavía se respiraba la felicidad que impuso la celebración, todos, absolutamente todos los niños de Sevilla se portaron bien durante el año.

 

Normalmente, del listado de pequeños sevillanos que tenían los Reyes Magos, siempre había bastantes que se habían comportado regular o mal y a esos sus majestades no les dejaban ningún presente.

 

Pero ese año fue distinto. Todos los niños habían sido buenos.

 

Viendo la que se avecinaba, Melchor, Gaspar y Baltasar llegaron a la capital muy temprano para comenzar el reparto. Organizaron el listado de niños, clasificaron los regalos y se dieron cuenta de que iba a ser una misión casi imposible la de repartirlo todo a tiempo.

 

Valiéndose de su magia, los Reyes iban a la velocidad de la luz de un lado para otro montados en sus camellos: Melchor entraba por los balcones, Gaspar se ocupó de los corrales de vecinos y Baltasar iba por las casas y pisos bajos dejando los obsequios lo más rápido que podía.

 

Ese año les fue muy complicado comerse los mantecados y beberse el anís y la leche que habían dejado las familias. De hecho, Melchor y Gaspar tuvieron que socorrer a Baltasar que, por correr, se había atragantado con un polvorón casero y estuvo a punto de ahogarse.

 

Eran las cuatro de la madrugada y a los Magos de Oriente les quedaba por repartir tres cuartas partes de la mercancía. Estaban sudando por el ajetreo e interiormente temían que el reparto fuera imposible.

 

 

Apesadumbrado, Gaspar descansaba sentado en la Fuente de Híspalis, en la Puerta de Jerez. Preso de la desesperación comenzó a sollozar y una infantil voz a su espalda le preguntó:

 

– ¿Qué ocurre Gaspar? ¿Qué problema tienes?

 

Gaspar se giró de inmediato, pues no había percibido que hubiera ninguna persona en el lugar. Estupefacto vio como esa vocecita salía de una de las estatuas de los niños “meones” de la fuente. El niño de piedra salió de su entumecimiento, descendió de la fuente y se sentó al lado del Rey Mago.

 

Gaspar, que no salía de su asombro, le respondió:

 

– ¡Ay, pequeño niño de piedra! ¡Tenemos una grave situación! Sevilla tiene muchos niños y siempre hemos ido con prisa para que los regalos llegaran a los hogares de todos ellos pero, este año, todos los pequeños sevillanos se han portado bien y somos incapaces de repartirlo todo antes de que amanezca.

 

El niño estatua cogió la mano de Gaspar y le consoló diciendo:

 

– No hay ningún problema. Deja de llorar, Gaspar. Los niños “meones” de la fuente te ayudaremos. Somos seres mágicos como vosotros y podemos cobrar vida cuando se nos antoje.

 

El pequeño ser de piedra emitió un silbidito y los otros tres niños “meones” cobraron vida y bajaron de la fuente.

 

Junto a Gaspar acudieron a la base de operaciones de los Reyes Magos, ese lugar desconocido para todos nosotros y que se ubica desde hace siglos en algún punto de Sevilla. Los Magos de Oriente les dieron a los “meones” un listado de casas y regalos y estos, como pequeños duendecillos, salieron raudos a efectuar sus entregas.

 

Las cinco, las seis de la mañana. Los Magos y los seres de piedra se cruzaban por las céntricas calles de San Pablo y San Lorenzo.

 

– Adiós, adiós. Ya casi hemos terminado. –se decían unos a otros con una sonrisa de satisfacción que les iluminaba la cara.

 

Comenzaban a apuntar los primeros rayos de sol y, de manera impensable solo unas horas atrás, todos los regalos se habían repartido.

 

 

Agotados, exhaustos, los Reyes Magos y los niños “meones” se recostaron en la fuente de la Puerta de Jerez.

 

– Pues yo ahora me tomaba unos churritos – sugirió Melchor.

 

– No podemos, Majestad. Los primeros paseantes de la mañana podrían vernos – contestó un meoncete.

 

– ¡Qué pena! Tendremos que comerlos de vuelta a Oriente… – apostilló el canoso rey.

 

De repente, un infantil grito se escuchó procedente de una de las casas que daba a la plaza.

 

-¡Mami, mami, ya han venido los Reyes!

 

Todos, reyes y estatuas, respiraron aliviados. Habían cumplido su trabajo.

 

El pequeño “meón” que habló con Gaspar sonrió y convocó a los suyos con otro silbidito. De manera ordenada las estatuas se colocaron en sus puestos y recuperaron su posición hierática.

 

Un viandante que pasaba por el lugar se frotó los ojos ante lo que contemplaba. Baltasar se colocó un dedo en los labios con gesto de silencio:

 

– Shhh. No has visto nada, es producto de tu imaginación.

 

El viandante se encogió de hombros y siguió caminando. Total, esa noche era una noche mágica y todo era posible.

 

Los Reyes Magos emprendieron el regreso sobre sus camellos al son de los gritos de alegría que se escuchaban desde los hogares sevillanos.

 

Cuentan los que saben que, desde ese año, ha habido muchos momentos en los que todos los niños de Sevilla se han portado bien.

 

Cuando esto ocurre, los Reyes de Oriente tienen que recurrir a la ayuda de los niños “meones”. Los Magos han sido los únicos que han sabido dónde encontrarlos cuando dejaron de estar en la fuente y los que más se han alegrado con su regreso a ella.

 

Como ya sabes la historia, a partir de ahora recuerda dejar también un polvorón para uno de los niños de piedra porque puede que este año sean estos pequeños seres los que entren por el balcón para dejarte tus regalos.

 

Esa noche es mágica y todo puede ocurrir…

 

0 Flares Twitter 0 Facebook 0 Google+ 0 LinkedIn 0 0 Flares ×