Los mármoles romanos de la Giralda


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¿Cuántas veces habrás pasado junto a la Giralda sin fijarte en estas losas de mármol con escritura en latín? ¿Por qué un un minarete musulmán presenta en su base estos elementos de origen romano? Pues como todo en la Historia, tiene su sentido y nos aporta una información muy valiosa sobre el sistema constructivo de nuestra torre más famosa, la Giralda.

 

 

Los almohades dispusieron en los cuatro ángulos de la base del grandioso alminar de la mezquita aljama de Sevilla distintas aras romanas –dos de las cuales son visibles actualmente desde el exterior‑ por dos motivos principales. Por un lado, habría una intención propagandística, para evidenciar su voluntad de asentar su poder y autoridad sobre la ciencia y el saber antiguo. Por otro, existían razones de tipo técnico. Sevilla, a causa de la proximidad del río, se asienta sobre un suelo arcilloso e inestable, y los constructores almohades conocían la resistencia de estas piedras, motivo por el cual se ha constatado el uso de mármol y distintos materiales para dar mayor estabilidad a la cimentación. De hecho, se dice que la edificación “reposa en una isla de mármol, sobre un mar de arcilla”.

 

Estas aras romanas han sido frecuentemente confundidas con lápidas. Sin embargo, la información que nos aportan no es de tipo funerario, sino más bien económico, lo cual supone un  rico testimonio para conocer cómo funcionaba el comercio del aceite de oliva en nuestra región. Y es que estas aras romanas contienen una inscripción latina que alude a un miembro de la corporación de comerciantes olearios de Híspalis. Supone un documento muy valioso que atestigua la importancia comercial que adquirió la antigua ciudad romana en el mercado de este preciado producto. Híspalis se consolidó pronto como uno de los centros industriales más importantes de la Bética, mientras que la cercana Itálica se configuró como ciudad residencial. Híspalis llegó a tener una intensa actividad portuaria, pues centralizaba todo el tráfico de mercancías procedentes de la Campiña sevillana, especialmente de los productos agrícolas que después se vendían en el Mediterráneo.

 

De acuerdo con la dispersión de las Dressel 20, el contenedor del aceite bético por excelencia, podemos afirmar que este producto oleico se exportó a numerosas provincias del Imperio, incluso a la propia Roma. El despegue definitivo de este comercio y la conversión del aceite bético en el producto hispano por excelencia está muy relacionado con los problemas de abastecimiento del Estado Romano. Su gran población, con escasos recursos económicos, así como las necesidades de abastecimiento del ejército, en el que descansaba el poder del emperador, supuso un grave problema para Roma. La falta de víveres por la carestía o la subida de precios a causa de la especulación, determinaron la intervención de un gobierno siempre temeroso de revueltas, de ahí que con frecuencia adquiriese grandes cantidades de alimentos a precios subvencionados. Debido a esta política, desde Roma se potenció la industria alimentaria en la Bética, famosa por su producción de salazones y aceite de buena calidad.

 

Así pues, el Estado se convirtió en el principal cliente de los comerciantes olivareros, sobre todo en época de los emperadores antoninos. La enorme acumulación de ánforas béticas en el monte Testaccio da buena cuenta de ello. Este monte es en realidad una colina artificial que se fue formando por la acumulación de restos de ánforas, que se desechaban una vez utilizado el aceite de oliva. Por este motivo, se dice que el monte Testaccio constituía el mayor basurero de Roma, compuesto por unos 53 millones de ánforas rotas. Más del 80% eran Dressel 20 que transportaban el aceite de nuestra región, lo cual refleja de forma clara el enorme desarrollo que llegó a tener el comercio del aceite bético en la mismísima capital del Imperio.

Fijaos qué caprichosa es la historia. Comenzábamos esta entrada hablando de los mármoles que había en la base de la Giralda y hemos terminado comentando el desarrollo del comercio de aceite en la época romana… Gracias a la reutilización de materiales, el antiguo alminar de nuestra mezquita nos ha llevado a seguir el rastro de unas ánforas que, en definitiva, suponen la mayor muestra del éxito de nuestro aceite de oliva en todo el Imperio Romano.

 

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