Santas Justa y Rufina: dos hermanas de leyenda


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En la publicación de esta semana son dos las protagonistas que comparten su historia.

Se trata de las  Santas Justa y Rufina, mártires y patronas de la ciudad de Sevilla, así como del oficio de la alfarería.

 

Santas Justa y Rufina.  Hernando de Esturnio. S.XVI.

Retablo Altar de los Evangelistas en la Catedral de Sevilla. Santas Justa y Rufina. Hernando de Esturnio. S.XVI.

 

Esta historia se remonta por allá el año 268, cuando Santa Justa llega al mundo, dos años antes de que lo hiciera su hermana menor, Santa Rufina.

 

Se podría decir que se criaron entre hornos de cerámica y tornos, pues su modesta familia trabajaba de sol a sol el oficio de la alfarería, aunque siempre encontraba un momento en el día para dar las gracias a Dios por gozar de salud y tener un trozo de pan que llevarse a la boca.

 

Para aquel entonces, Sevilla se encontraba bajo el dominio del Imperio Romano, y era llamada Hispalis.

 

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Representación diosa Astarté

 

Una mañana de julio, se celebraban las Adonias, fiestas en honor al dios Adonis y que precedía a la procesión de Astarté. Esta imagen, de origen fenicio, solía procesionar con un numeroso séquito de oficiantes que tenían por costumbre pedir donativos.

 

Las dos hermanas regentaban ya un conocido puesto de loza en el barrio de Triana, que cada mañana, sin excepción, albergaba las más bellas piezas de cerámica de la ciudad, asequibles para todos los bolsillos.

 

Esa calurosa mañana de julio tampoco sería una excepción, por lo que el cortejo procesional se detendría frente al puesto para exigirles una limosna antes de proseguir camino.

 

Las hermanas se negarían a dar tributo alguno, y ante esta negativa, uno de los oficiantes destartalaría por completo su tenderete, lo que provocaría que las dos alfareras respondieran arrojando la adorada imagen al suelo, demostrando que era de barro y partiéndola en mil sacros pedazos.

 

Un escándalo público que cuando llegó a oídos del emperador Diocleciano, le daría razones suficientes para dejar su castigo en manos de su Prefecto en Sevilla, Diogeniano, e intentar hacerlas renegar de la religión cristiana.

 

Sótanos donde habrían estado recluidas las Santas Justa y Rufina

Sótanos donde habrían estado las celdas de reclusión de las Santas Justa y Rufina

 

Las dos hermanas fueron directamente procesadas y encarceladas sin contemplaciones, pero lo cierto es que esto daría lugar a una serie de martirios mucho más horribles que la simple encarcelación.

 

Diogeniano habría sido el elegido para llevar a cabo estas torturas, pues era bien sabido por muchos que se trataba de un hombre que pocos escrúpulos tenía.

Un temido instrumento de tortura: el potro.

Un temido instrumento de tortura: el potro.

 

El primer martirio que tuvieron que sufrir las hermanas fue el potro. Ante su aparente ineficacia para alentarlas a abandonar sus creencias, el comandante opta por el garfio de hierro, aunque sin éxito tampoco.

 

Diogeniano era un hombre poco paciente, y todo su afán en el día era el de idear más castigos para las hermanas. La siguiente prueba sería llegar a Sierra Morena completamente descalzas.

 

Las mártires siempre encontraban fuerzas suficientes para resistir, y llegaron a su meta.

 

A continuación, fueron encarceladas de nuevo sin darles gota de agua ni cacho de pan que llevarse a la boca, lo que acabaría con la vida de Santa Justa, la hermana mayor. Su cadáver sería arrojado por un pozo aunque el obispo Sabino conseguiría recuperarlo a tiempo.

 

La hermana menor sería llevada al anfiteatro para ser devorada por un león, pero en el momento de la verdad, el felino se mantendría pacífico, limitándose a lamerle y mover la cola.

 

Sin paciencia ya, Diogeniano mandó degollar y quemar a Santa Rufina, aunque el obispo Sabino también conseguiría recuperar sus restos.

 

En el año 287, el obispo enterró a las dos hermanas juntas donde habitualmente sacrificaban y enterraban a los cristianos. Es lo que hoy se conoce como la calle Campo de los Mártires, próxima a la de Luis Montoto.

 

Por todo ello, las Santas Justa y Rufina fueron canonizadas y, al tiempo, nombradas patronas protectoras de Sevilla y del oficio de la Alfarería.

 

Santas Justa y Rufina sosteniendo la Giralda. Murillo,

Santas Justa y Rufina sosteniendo la Giralda. Murillo, 1666

 

Curiosidad: ¿Sabes por qué las dos santas suelen representarse con la Giralda en medio?

 

Se les nombró protectoras de la ciudad por haber protegido a la Giralda de caer tras el terremoto de Carmona de 1504. Gracias a ellas se pensaba que el monumento no había sufrido desperfectos.

 

Sin embargo, esta trágico desastre se volvió a repetir siglos después.

 

Tenemos que remontarnos al año 1755, cuando Sevilla se vio afectada por el gran terremoto que asoló Lisboa. Cuenta la creencia popular que santa Justa y Rufina sostendrían la torre de la Giralda en el aire hasta que el terremoto hubiera pasado, quedando inmune al desastre.

 

Asimismo, en toda la ciudad tan solo hubo seis muertes, que la leyenda achaca a personas que se encontraban en pecado mortal.

 

Desde entonces, la antes llamada Plaza del Hospital del Rey, pasó a ser llamada Plaza del Triunfo, tal como la conocemos hoy.

 

Este monumento es en honor al triunfo de la ciudad de Sevilla en ese terremoto de 1755, dando los méritos a las Santas Justa y Rufina.

 

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Fuente: Sevilla, Ciudad de Leyenda (Manuel Grosso)

 

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